El timón compartido: por qué necesitamos organizarnos en el mar
Llevo más de treinta años oliendo a salitre antes de que amanezca. Cuando empecé en esto, ser patrón o armador era una cuestión de puro instinto, músculo y una solitaria porfía contra las olas y la báscula de la lonja. Salías, faenabas, descargabas y cruzabas los dedos para que la oferta del día no hundiera el precio de lo que tanto trabajo te había costado subir a bordo. Éramos muchos barcos persiguiendo el mismo caladero, compitiendo a ciegas y aceptando, con resignación casi bíblica, lo que los intermediarios quisieran pagar. Con los años entendí que la valentía en el puente de mando no sirve de nada si en tierra estás completamente desarmado. Por eso decidí unirme y apostar por nuestra organización de productores pesqueros (OPP).
Formar parte de una OPP cambió de raíz la forma en que entendemos nuestro oficio. Dejamos de ser pequeñas embarcaciones vulnerables para convertirnos en un bloque capaz de planificar. El mar, nos guste o no admitirlo, ya no resiste la lógica de la captura desmedida. A través de la organización hemos aprendido a diseñar planes de producción y comercialización con rigor científico. Ya no zarpamos a ciegas a saturar el mercado; regulamos el esfuerzo pesquero, establecemos tallas mínimas más exigentes y distribuimos las cuotas para que la pesquería siga viva no solo para nosotros, sino para los hijos que decidan relevarse en cubierta.
Estar organizados nos ha dado una voz firme en despachos donde antes ni siquiera conocían el crujido de la madera ni la frialdad del hierro. Negociar de manera colectiva nos permite dignificar el valor de nuestras capturas. Si el precio en lonja cae por debajo de unos costes mínimos que hoy son asfixiantes por el combustible y los aparejos, la organización interviene: retiramos, almacenamos o transformamos para evitar el derroche y la ruina. Además, hemos roto la barrera de la venta pasiva. Hoy certificamos la sostenibilidad de nuestro pescado, invertimos en trazabilidad y explicamos al consumidor de la ciudad por qué un jurel o una merluza capturados con artes selectivas merecen un precio justo.
No todo ha sido un camino de rosas. Compartir decisiones exige tragarse el orgullo individual y aprender a ceder por el bien del colectivo. A veces cuesta explicarle a un patrón veterano que parar un mes o soltar una red responde a una estrategia calculada para vender mejor después. Pero cuando miro atrás y veo a armadores independientes ahogados por la burocracia comunitaria y la volatilidad del mercado, sé que estamos en el lado correcto.
La pesca no puede seguir siendo un juego de supervivencia en solitario. La OPP es nuestro ancla en los temporales económicos y la brújula que asegura que nuestro modo de vida siga teniendo futuro. En un mar cada vez más exigente, remar juntos no es una opción de conveniencia: es la única forma de volver a puerto con la dignidad intacta.