Alquimia felina: O de cómo mi gato toma mejores vitaminas que yo
A veces, mientras ceno una pizza congelada y bebo un vaso de agua del grifo, miro a mi gato y siento una punzada de ironía. Él está ahí, lamiéndose los bigotes con una satisfacción aristocrática después de haber ingerido una cena que ha sido calculada al milímetro para optimizar su salud renal, el brillo de su pelaje y sus articulaciones. Mi despensa es un caos; su estante de suplementos parece un laboratorio de la NASA.
Todo empezó de forma inocente con la malta. «Para las bolas de pelo», me dije. Pero entrar en el mundo de la nutrición felina es caer en una madriguera de conejo sin fondo. De pronto, ya no buscas simplemente «comida para gatos», buscas la excelencia bioquímica. Te encuentras a las dos de la mañana leyendo estudios sobre la absorción de la taurina y debatiendo en foros si el aceite de salmón salvaje de Alaska es superior al de krill antártico.
Ayer llegó el pedido. Abrir la caja fue como recibir un tesoro, aunque nada era para mí. Ahí estaban: los mejores suplementos del mercado.
Primero, el aceite de pescado puro. No uno cualquiera, sino uno con un dispensador airless para que los ácidos grasos Omega-3 no se oxiden. Lo compré prometiéndome que su pelo brillaría tanto que necesitaría gafas de sol para mirarlo. Luego, los condroprotectores. Mi gato aún es joven, pero salta desde lo alto de la estantería como si fuera un doble de acción de Hollywood, y mi paranoia de dueño quiere blindar esas rodillas y caderas para el futuro. Son pastillas que huelen a marisco concentrado y cuestan más que mi abono de transporte, pero ¿quién puede ponerle precio a su movilidad?
También cayeron los probióticos. Unos polvos mágicos para asegurarme de que su flora intestinal sea más robusta que la mía. Me siento como un alquimista moderno preparando su cuenco cada mañana. Una pulsación de aceite, media pastilla machacada con precisión quirúrgica y una pizca de probióticos, todo mezclado con su comida húmeda favorita (sin cereales, por supuesto) para camuflar el sabor.
El momento de la verdad es siempre tenso. Le pongo el plato delante. Él se acerca, olfatea con sospecha. Me mira. Mira el plato. Yo contengo la respiración. Si decide que hoy no le gusta el olor del mejillón de labio verde, mi inversión millonaria se irá a la basura. Pero hoy hay suerte. Empieza a comer.
Verlo terminar el plato me da una paz mental absurda pero real. Sé que es un animal, sé que en la naturaleza comería ratones y bebería de charcos, pero en mi pequeño apartamento de ciudad, Comprar suplementos gatos es mi forma de comprar tiempo. Es mi intento desesperado de sobornar a la biología para que viva para siempre, o al menos, para que viva con la mejor calidad posible.
Cuando por la noche le veo correr haciendo la «croqueta» con una energía explosiva y su lomo brilla bajo la lámpara del salón, me digo que ha valido la pena cada euro. Él eructa con olor a salmón noruego y se duerme en mis rodillas. Yo vuelvo a mi pizza. Las prioridades, en esta casa, están muy claras.