Entre acantilados y mareas: Mi travesía por los senderos de Ons
El barco corta las aguas de la Ría de Pontevedra dejando atrás el contorno seguro de Bueu. Mientras la brisa cargada de salitre me golpea la cara, veo cómo la Isla de Ons se hace más grande, pasando de ser una simple silueta en el horizonte a un gigante de roca y verde que protege la ría de la bravura del Atlántico. No vengo solo a visitar una playa; vengo a caminar, a dejar que mis suelas se gasten contra el granito y a entender por qué este lugar tiene fama de indómito.
Nada más desembarcar en el muelle de O Curro, el asfalto desaparece de mi mente. Aquí el tiempo se mide por mareas y el ritmo lo marcan mis propios pasos. Decido comenzar por lo que llaman la Ruta Sur, atraído por la promesa de paisajes dramáticos. El camino es una mezcla de tierra compacta y piedra, rodeado de matorrales bajos que han aprendido a sobrevivir al viento constante.
A medida que avanzo hacia el extremo de la isla, el rugido del océano se vuelve ensordecedor. Llego al Mirador de Fedorentos y, justo enfrente, la isla de Onza parece un hermano pequeño y solitario flotando en el azul profundo. Pero el verdadero espectáculo llega unos metros más adelante: el Buraco do Inferno. Me asomo con precaución a esta grieta geológica, una cueva marina cuyo techo colapsó hace siglos. Dicen las leyendas locales que aquí se escuchaban los lamentos de las almas en pena; hoy sé que es el viento aullando y el mar chocando con violencia, pero al mirar hacia el abismo, es fácil creer en mitos. El vértigo es real, y la belleza, sobrecogedora.
Cambio de rumbo y encaro la subida hacia el faro. La Ruta del Faro es exigente, pero cada metro de desnivel ganado es un regalo para la vista. Al llegar a la cima, bajo la atenta mirada de una de las torres luminosas más grandes de España, el panorama es de 360 grados. A un lado, la costa gallega; al otro, la inmensidad del océano abierto; y al sur, las Islas Cíes, recortadas contra el sol. Me siento pequeño y, a la vez, extrañamente poderoso en este punto elevado, donde solo las gaviotas patiamarillas se atreven a volar más alto que yo.
Para el descenso, elijo la Ruta Norte, buscando la calma después de la tormenta visual de los acantilados. El paisaje cambia; se vuelve más amable. El sendero serpentea hasta llegar a la Playa de Melide. Aquí no hay rocas afiladas, sino arena blanca y fina y un agua cristalina que, aunque helada, invita a descalzarse. Es el lugar perfecto para sentarse, comer algo ligero y dejar que el silencio de la zona norte, mucho menos transitada, limpie cualquier ruido mental que me quedase.
Termino mi jornada de vuelta en el pueblo, con las piernas cansadas pero el espíritu renovado. Mientras espero el barco de regreso, con el sabor del famoso pulpo de la isla aún en el recuerdo, entiendo que hacer las rutas de senderismo en Ons no es solo deporte. Es caminar sobre la frontera entre la tierra firme y el mar salvaje, es respetar la naturaleza en su estado más puro y, sobre todo, es aprender a escuchar lo que el viento tiene que decirnos.